Chile, 25 Años Después

 

 

 

Manuel Riesco

 

 

Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo

CENDA

 

 

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Chile, 25 Años Después

 

Años de Turbulencia y Transformación

Han transcurrido 25 años desde que el Presidente Chileno Salvador Allende fuera derrocado y muriera en forma violenta, leal a su pueblo y a su patria. Un golpe militar apoyado por los EEUU puso de esa manera término al período revolucionario que coronó una década de profundas reformas sociales, durante los sesenta y principios de los setenta, bajo los gobiernos democráticos de Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende. El mundo está bastante familiarizado con los siguientes 17 años de criminal dictadura militar, encabezada por Pinochet. Un alzamiento popular generalizado, seguido de su derrota en el plebiscito de 1988, pusieron término al régimen de Pinochet. Dos presidentes democráticos, Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz-Tagle han presidido a lo largo de los noventa, una lenta y todavía no completa transición a la democracia.

Este trabajo intentará caminar el estrecho borde de analizar ciertos aspectos económicos y sociales de este turbulento período en su conjunto. No sólo en su violenta confrontación, sino también en su unidad.

Durante el período completo, este pequeño país de 14.7 millones de habitantes (INE-Empleo), ubicado sobre una muy larga y más estrecha zona de colisión geológica en el borde mismo del mundo, se ha en efecto transformado a sí mismo de arriba abajo. Quizás completando así su largamente demorada transición desde su viejo ser agrario y oligárquico y atravesando las puertas de la moderna era capitalista. En el proceso todas sus clases se han transformado en forma radical, algunas yéndose para no volver jamás. Surgida de estos cambios, la economía Chilena ha sido promovida por aclamación mundial a la clase "tigre". Algunas personas, bastante pocas, se han beneficiado enormemente del proceso. La mayoría de los otros considerarían su situación mejor descrita por las palabras con que el dirigente obrero pionero Luis Emilio Recabarren saludaba al siglo XX: "Hay progresos evidentes en el siglo transcurrido, ello no puede negarse…de todos los progresos que el país se ha beneficiado, al proletariado no le ha correspondido sino contribuir a ellos, pero para que lo gocen sus adversarios" (Riesco-Des. Cap.).

No es el propósito de este trabajo entrar en el análisis detallado de las políticas económicas FMI de escaparate aplicadas tanto por los "Chicago Boys" de Pinochet como por las autoridades económicas social y cristianodemócratas de los Presidentes Aylwin y Frei Ruiz-Tagle –aunque en el caso de estos últimos con un poco más de compasión. Más bien, intentará taladrar en la economía política subyacente del proceso. Dará una mirada breve a algunos de los profundos cambios ocurridos en las relaciones sociales–la forma en que la gente vive y trabaja–y como éstos han afectado su comportamiento económico.

Desde tal punto de vista, la leyenda negra que oscurece el desenvolvimiento económico de los turbulentos tiempos de Allende tienden a disolverse en el brillo de las transformaciones sociales revolucionarias realizadas durante esos años. Es en la radicalidad popular de aquellos tiempos, quizás, donde las claves del dinamismo del período en su conjunto pueden ser encontradas con mayor probabilidad.

El Legado Irreversible de la Era de la Revolución

 

Probablemente no es muy conocido que Pinochet, quién violó todas las leyes Chilenas, se vio en la obligación de cumplir en cambio, casi a la letra, dos de las más importantes: La Nacionalización del Cobre y la Reforma Agraria. Ambas leyes–junto a distribución de medio litro de leche a todos los niños para detener la desnutrición, el término del analfabetismo y la extensión de la enseñanza básica obligatoria de seis a ocho años y la reforma universitaria–constituyen, como es bien sabido, el legado principal de los períodos de Frei y especialmente, de Allende.

En el caso de la nacionalización del cobre, es cierto que Pinochet por allá por 1974 pagó algunas compensaciones ilegales a las compañías estadounidenses que previamente poseían los minerales nacionalizados por Allende. Asimismo Pinochet y su ministro Piñera le torcieron la nariz a la Constitución Chilena, aquella redactada por ellos mismos, para entregar lo que ya significa el 61% de la producción minera del país a compañías extranjeras que hacen trampas para no pagar ni siquiera los pocos impuestos que deberían.

Pero, de otro lado, Pinochet no sólo mantuvo la propiedad estatal de CODELCO, la empresa nacional del cobre formada por Allende, sino que duplicó su producción. En total la producción Chilena de cobre–todavía de lejos el principal producto del país–creció de 743.4 mil toneladas de cobre puro en 1973 a 1.6 millones de toneladas en 1989 y 3.71 millones de toneladas en 1998, cinco veces (CENDA). De ese total, CODELCO todavía produce el 39%, esto es, más de 1.4 millones de toneladas de cobre puro al año.

Las utilidades que CODELCO ha entregado al Estado Chileno han sido considerables. La compañía estatal es asombrosamente rentable, una de las seis compañías más lucrativas del mundo entre 1989 y 1992, de acuerdo a la revista Fortune. La renta asociada al cobre Chileno–debida principalmente a la calidad superior de los minerales y su cercanía de los puertos –es considerable. Puede ser estimada considerando que las utilidades de CODELCO sobre ventas triplicaron el promedio mundial de la industria, entre 1990 y 1995. Entre 1994 y 1996, los aportes de CODELCO al estado, incluyendo utilidades e impuestos, fueron de 3.600 millones de dólares y sus aportes en los últimos diez años, capitalizados al 10% anual, suman 20.000 millones de dólares. En una economía tan pequeña como la Chilena, estas cifras son bastante relevantes. Los retornos de CODELCO pagan una parte importante, alrededor del 11%, del ingreso fiscal. Aproximadamente lo mismo que los impuestos a las utilidades que pagan todas las demás empresas juntas o un 34% del costo de todos los programas gubernamentales de habitación, educación y salud en su conjunto.

En contraste con lo anterior, el total de los impuestos a la renta pagados por las empresas extranjeras–que, como ha sido mencionado, producen ya el 61% del cobre extraído en el país– están en el rango de los 200 millones de dólares por año. Las cifras anteriores insinúan la magnitud de las pérdidas del Estado Chileno debidas a la permisividad del sistema impositivo a la minería establecido por el ministro de Pinochet, José Piñera. Las empresas mineras privadas esquivan fácilmente la legislación de impuestos mediante procedimientos como sobrellevar una razón deuda a capital desproporcionada, ocultando así sus transferencias de ganancias como pagos de intereses. También y más irritante, inscriben sus compañías locales bajo una figura legal diseñada originalmente para ofrecer exenciones de impuestos a pequeños mineros. Hacen esto refrenando su producción de cobre refinado en el límite establecido por esta figura legal especial, alrededor de 70.000 toneladas anuales de cobre refinado y exportando el resto como concentrado. De esta manera, por ejemplo, Escondida, de propiedad de la australiana Broken Hill, la mina más grande del mundo, que produce más de 800.000 toneladas de cobre puro al año, es considerada una mina "mediana" para efectos legales, porque produce menos de 69.999 toneladas de cobre refinado por año. El perjuicio impositivo ha sido estimado en más de mil millones de dólares por año y actualmente se están discutiendo varias propuestas para ponerle fin.

Importante como ha sido la Nacionalización del Cobre de Allende, es probablemente en la Reforma Agraria de Frei Montalva y Allende donde debe buscarse el más importante origen singular de los desarrollos económicos Chilenos posteriores.

La Reforma Agraria puso término, finalmente, al tipo de relación laboral conocida como "inquilinaje" o "latifundio". Como es bien sabido, el núcleo de esa relación tradicional consistía en la sesión por parte del "latifundista" de una parte de sus tierras a sus "inquilinos" quiénes, a cambio de la cual, estaban obligados a pagar en trabajo, propio y de sus familiares. El latifundio se consolida en Chile a principios del siglo XIX cuando, coincidente con la independencia de España, fueron eliminados los remanentes de las viejas tenencias de tierras Indígenas bajo protección de la Corona Española. Alcanza su apogeo durante el siglo pasado y muestra una considerable tendencia a perdurar hasta bien avanzado el siglo XX. Hacia 1960, aunque en una forma bastante descompuesta, el inquilinaje y otras formas de campesinado dependiente de haciendas conformaban la mitad de la–entonces muy importante–fuerza de trabajo agrícola, siendo el resto campesinos independientes y comunidades indígenas. (Riesco-Des.Cap.). Existió alguna polémica en ese entonces en las ciencias sociales acerca de la importancia de los elementos tradicionales vs. capitalistas en la agricultura y en la estructura social en su conjunto. Hubo consenso, sin embargo, en los actores políticos y sociales acerca de la importancia de un cambio profundo en las estructuras de tenencia de la tierra. Los principales contendores presidenciales en 1964, Frei Montalva y Allende tenían ambos la Reforma Agraria como su un punto crucial en sus programas. La ley fue aprobada finalmente en 1967 bajo el Presidente Frei Montalva. Este proceso fue respaldado por la Alianza para el Progreso, impulsada por los EE.UU. en América Latina después de la Revolución Cubana.

Durante los gobiernos de los Presidentes Frei y Allende, las expropiaciones realizadas por el Estado Chileno en cumplimiento de la Ley de Reforma Agraria afectaron el 52% de la tierra agrícola del país y prácticamente todas las tierras cultivadas (Riesco-25 Años).

Después del golpe de 1973, Pinochet no devolvió la tierra al estatus de propiedad vigente con anterioridad a la Reforma Agraria, excepto en contados casos donde el proceso legal de expropiación no había sido completado. En general, el destino de las tierras expropiadas fue, más o menos, aquel especificado en la Ley de Reforma Agraria. Esta ley establecía que una parte de las tierras, denominada "reserva" sería dejada a los antiguos propietarios. Un 30% de la tierra expropiada, aproximadamente, tuvo este destino. La mayor parte de la tierra expropiada, sin embargo, alrededor de un 40%, fue distribuida a campesinos, un 20% en propiedad individual y un 20% a cooperativas. El resto fue rematada, principalmente a grandes empresas forestales o entregada a instituciones sin fines de lucro. (Riesco-25 Años). Sólo algunos de los campesinos recibieron tierras, muchos de ellos "inquilinos" que trabajaban como capataces en los antiguos latifundios. Veinte y cinco años después, aproximadamente 2/3 de ellos mantiene sus parcelas y una mitad de estos son relativamente prósperos.

Algo parecido ocurre con los hijos de los antiguos latifundistas quiénes, empezando a partir de sus "reservas" han desarrollado, en muchos casos, compañías agrícolas modernas de tamaño mediano, muchas dedicadas a la exportación de frutas y vegetales. Al lado de ellos, grandes compañías han adquirido enormes extensiones de tierras que explotan principalmente en bosques y viñas, con tecnologías agrícolas bastante modernas.

El extraordinario auge experimentado por la agricultura Chilena durante los años recientes–sólo un ejemplo de ello: entre 1975 y 1994 las exportaciones de fruta se multiplicaron de 100 a 1.200 mil toneladas por año–se explican, principalmente, por estos procesos en su conjunto.

La mayoría de los campesinos no recibieron tierra de Pinochet, a excepción de las casas en que vivían y en muchos casos ni siquiera eso. El régimen de Pinochet fue especialmente duro con aquellos campesinos que merecían la tierra más que ningún otro, es decir, aquellos que habían apoyado activamente la Reforma Agraria. La mayoría de ellos engrosaron el número de las una de cada seis familias campesinas que fueron simplemente expulsadas de sus tierras durante esos años. De hecho, tantos de ellos fueron "poroteados" y apresados o asesinados en los días inmediatamente posteriores al golpe, que sus nombres hacen mayoría entre los 3000 grabados en piedra, en el monumento a los desaparecidos y ejecutados bajo Pinochet.

La Dura Historia de la Acumulación Originaria

Como resultado del proceso arriba descrito, una buena parte de los campesinos tuvieron que abandonar las tierras en que vivieron por generaciones para caer, de cabeza, aglomerados en las incertidumbres de las relaciones sociales de transición que moldean los caminos a las estructuras sociales modernas. El proceso había venido teniendo lugar en Chile por muchos años, fue acelerado por la Reforma Agraria y no completado todavía en absoluto, continúa hasta el día de hoy. Este viaje bastante dramático, en Chile como en el resto del mundo, ha trenzado la fibra social básica de la todavía en pleno curso transición histórica a los tiempos modernos capitalistas. Unos pocos pequeños países primero, el resto, uno por uno, región por región, continente a continente, siguiendo a continuación a lo largo de los dos últimos siglos. Así ha sido escrita, en estos años, por lo que a la fecha alcanza más o menos a la mitad de la humanidad, la dura historia de la acumulación originaria.

Desde 1970 el PIB Chileno ha crecido al triple, subiendo y bajando a través de dos profundas crisis en 1975 y 1982 y hacia arriba nuevamente por un empinado y sólo ahora interrumpido período de crecimiento de 7.8% promedio anual desde 1985 (Ver gráfico "PGB1"). En los hechos a lo largo de este prolongado trance de crecimiento de 12 años, la economía Chilena ha sido una de las más dinámicas del mundo, ganando 10 lugares entre 143 países, en un ranking de PIB ajustado por poder adquisitivo (EA 3D Atlas). Famélico como puede ser el animal, la economía Chilena ha adquirido un cierto status felino, especialmente a los ojos de la comunidad oficial de economistas.

No es inusual entre los economistas el evitar ciertas preguntas económicas importantes o atenderlas con recetas más bien abstractas y formales. El hecho, por ejemplo, que en ciertas etapas de su desarrollo, las economías tienden a acelerarse y recorrer largos períodos de rápido crecimiento, mientras las economías maduras consideran sobrecalentamiento cualquier tasa superior al 2% anual. En el mejor de los casos una explicación de este fenómeno recurrirá a algo tan sofisticado como la "ley" de rendimientos decrecientes.

En el caso de la economía Chilena, en cambio, el mencionado dinamismo pareciera surgir, más bien, de complejos y contradictorios desarrollos históricos a través de los cuales millones de personas cambiaron en forma bastante radical su manera de vivir y trabajar. De alguna manera, las mismas actividades que la vasta mayoría de ellos había venido realizando por generaciones–principalmente trabajar de sol a sol, en beneficio de otros la mayor parte del tiempo y siempre extenuantemente más allá del punto de inflexión de los rendimientos decrecientes–súbitamente adquirió importancia económica. Aun cuando siguieron viviendo muy frugalmente, probablemente más aún que antes, en forma bastante sorprendente su trabajo empezó a aparecer reflejado en las Cuentas Nacionales. Ello han visto para sí mismos todavía menos oro que antes en sus vidas. Sin embargo, parecen haber sido dotados con el toque de Midas.

La gente que participa activamente del proceso económico se ha multiplicado en Chile, durante este período. Aquellos a quienes las estadísticas clasifican como "ocupados' se han duplicado en las últimas tres décadas, mientras la población creció en un medio, durante el mismo período. El número de personas ocupadas creció de 2.7 millones en 1970 a 5.4 millones en 1997, un crecimiento de 95%, considerando los decimales.

En el mismo período, la población Chilena creció de 9.3 millones a 14.7 millones, 57% en una estimación más precisa. (Ver gráfico "Ocupación y Desocupación"). De hecho, la tasa de crecimiento de población ha venido disminuyendo rápidamente, luego de alcanzar un máximo a mediados de los sesenta. La tasa anual de crecimiento de la población de Chile subió, de una posición intermedia de 68 entre 156 países en 1950 hasta 1965 y luego bajó hasta el lugar 107 en 1995. Debe notarse que ganó buenos 33 lugares en esta escala, durante los años turbulentos (Ver tabla a continuación y gráfico "Población, Tasas anuales de crecimiento").

Chile: Tasa de crecimiento de la población, 1950-1995

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Population Annual Growth Rate (%)

Place in world ranking of 156 countries (mayor a menor tasa)

1950

2.16

68

1965

2.39

72

1975

1.71

105

1985

1.68

102

1995

1.55

107

Fuente: AE 3D Atlas

 

Por supuesto y Chile ha comprobado no ser la excepción, la ocupación moderna se ha mostrado bastante azarosa. El crecimiento de la ocupación no se ha movido suavemente en lo más mínimo. Muy por el contrario, el desempleo ha crecido tan vivamente como el empleo y ha saltado de arriba abajo bruscamente y de manera similar, en un movimiento de tijeras por supuesto. Idos fueron para siempre los viejos y queridos sesenta, con sus tasas de desempleo inferiores al 5%. Después de 1973, el desempleo nunca ha bajado de esa cifra y se empinó hasta un 31% de la fuerza de trabajo (ocupados más desocupados) durante la crisis de los ochenta. Recientemente, luego de alcanzar un mínimo de 5.3% en 1997, el desempleo está subiendo a niveles de 6%, a medida que las primeras brisas del monzón asiático están alcanzando las costas de Chile (Ver gráfico "Ocupación y Desocupación').

Sumados, los ocupados y desocupados han aumentado más rápidamente en Chile que en otros países, en el mismo período. Así, entre 1970 y 1995, Chile ha subido siete lugares, de 63 a 57, en un ranking de población económicamente activa de 142 países. Durante el mismo período, Chile bajó 8 lugares en el ranking de población total (EA 3D Atlas).

El campesinado, la clásica mina de la acumulación originaria, ha entregado su cuota generosa para alcanzar este logro.

La turbulencia de los sesenta y los setenta acentuó el proceso de migración campesina a las ciudades, proceso que continúa hasta hoy día a una tasa bastante impresionante. Chile se había venido urbanizando a lo largo del siglo y había alcanzado una población urbana más bien elevada de 60% ya en los cincuenta, cifra que llegó a 74% hacia 1970. Este proceso incluso se ha acelerado desde entonces. Las ciudades en conjunto crecieron más de 71.3% entre 1970 y 1995. La población total creció de 9.34 a 14.7 millones de habitantes, un 52.1% , mientras la población rural de hecho disminuyó levemente en 0.1 millón de personas, en el mismo período. El porcentaje de población urbana creció de 75% en 1970 a más de 84% en 1995 (Ver gráfico "Población urbana y Rural").

Santiago, la ya acromegálica capital de Chile, creció de 2.89 millones de habitantes en 1970 a 5.2 millones de habitantes en 1995, esto es, un 80.2%. Como puede verse comparando esta cifra con las anteriores, Santiago no sólo está creciendo todavía más rápido que la población total sino también que el conjunto de las ciudades. Aún así, alguna tendencia a la descentralización puede observarse ya, hacia algunas ciudades de provincia como Copiapó e Iquique en el norte del país, Rancagua cerca de Santiago hacia el sur o Temuco y Puerto Montt, más al sur. Todas estas ciudades más que duplicaron sus habitantes en el mismo período y junto a otras, están creciendo más rápido aún que Santiago mismo. De esta manera, Chile pareciera estar siguiendo el patrón establecido en países capitalistas más antiguos donde, en las fases iniciales del desarrollo, la gente tendió a concentrarse en una o unas pocas grandes ciudades, para seguir posteriormente una tendencia más reticular en lo que a ciudades respecta (Ver gráficos "Población en grandes ciudades"Im_Ciu1.gif , Im_Ciu2.gif, Im_Ciu3.gif, Im_Ciu4.gif ).

Como resultado–debe ser mencionado brevemente, al menos–la polución del aire, agua y tráfico en Santiago están alcanzando niveles bastante intolerables y peligrosos. Estos son quizás los peores entre los considerables problemas ecológicos que están siendo comunes en Chile, estos días. Son un buen ejemplo de cómo la voraz etapa joven del desarrollo capitalista está destrozando el medio ambiente del particularmente bello pero bastante frágil emplazamiento natural de Chile, a un ritmo más bien atemorizante.

Entre 1987 y 1997, el porcentaje de aquellos ocupados en la agricultura, pesca y caza relativo al empleo total cayó de 20.9% a 14.4%, de acuerdo a las nuevas cifras censales. Durante los mismos años, por ejemplo, toda una nueva industria pesquera nació a la vida–el cultivo de salmones en las aguas ricas en oxígeno y nutrientes del archipiélago sureño de Chiloé–que ocupa ya más de 15.000 personas y hace de las exportaciones Chilenas de salmón una de las mayores del mundo, desde cero hace 15 años. Ello significa que la ocupación en la agricultura ha venido declinando aún más rápido. De acuerdo a las antiguas cifras, la gente empleada en la agricultura, pesca y caza había venido declinando desde un 30% en 1960 hasta alcanzar un 15% a mediados de los ochenta, con una fuerte baja a principios de los setenta, coincidente con la Reforma Agraria. Si la nueva serie estadística, que empieza en 1985, se proyecta hacia atrás hasta 1960, la proporción resultante de la fuerza de trabajo ocupada en la agricultura bien sobrepasa el 40% en esa época (Ver gráfico "% Ocupación en la Agricultura" ). El mismo resultado puede ser apreciado en la medida que el número absoluto de los ocupados en agricultura, pesca y caza disminuye constantemente, medidos por la antigua serie o por la nueva, al mismo tiempo que la fuerza de trabajo ocupada en su conjunto se dobla o triplica a lo largo de los años (Ver gráfico "Ocupación en la Agricultura" ).

En años recientes la proporción de agricultura en la fuerza de trabajo ha venido bajando casi un punto porcentual por año. Ello significa que sólo en los últimos cinco años unos 250.000 campesinos dejaron sus tierras para unirse a las filas de los ocupados y desempleados urbanos. Considerando sus familias, no menos de un millón de personas, 1/15 de la población total, ha venido realizando tan decisivo cambio histórico en tan corto período de tiempo. Cualquiera sea la vara con que se lo mida, el hecho es que el campesinado en Chile, aunque quizás todavía en los niveles de Inglaterra de hace un siglo atrás, ha venido declinando a un paso rápido, a lo largo de las últimas tres décadas.

Las estadísticas, por cierto, son incapaces de ofrecer aún un pálido cuadro del drama humano involucrado. No son los bulldozers, quizás, como en "las Uvas de la Ira" de John Steinbeck, los que expulsan a los campesinos de los hogares que habitaron por generaciones, aunque a veces los echan con bulldozers. En los cerros costeros de Chile central y sur, por estos días, son realmente los pinos–y las empresas capitalistas que compran la tierra a los campesinos para plantarlos–los que bien literalmente se descuelgan de la cumbre de los cerros, empujando a las familias campesinas fuera de sus tierras. ¿Hacia donde? Quizás también a transformarse en recogedores de fruta, como en la California de los treinta. O a cualquier parte, pero dejando atrás una forma de vida que ya no pueden soportar por más tiempo. Es verdad que los campesinos más viejos usualmente no abandonan sus tierras fácilmente. No hasta que, como este autor ha presenciado, han echado abajo su último árbol y sacrificado su última vaca. Pero también es cierto que, si alguna gente tiene ideas románticas acerca de la vida tradicional en el campo, los campesinos y especialmente sus jóvenes no las tienen en lo absoluto. Ellos sufren el rigor y la brutalidad de la vida campesina tradicional–su simple idiocía de acuerdo a la acepción que tenía el término en tiempos de Marx, es decir su terrible desconexión–de la mañana a la noche. Esa es la razón principal por la cual están a veces dispuestos a dejar atrás lugares muchos de los cuales se encuentran entre los más bellos que se pueden encontrar en parte alguna. Para lanzarse a las incertidumbres e indefensiones de la vida para los pobres en las aldeas y ciudades del Chile de hoy.

Esto no quiere decir que el proceso transcurra sin resistencias. Muy por el contrario, siendo muchos de estos campesinos miembros de comunidades Indígenas Mapuches, por ejemplo, su suerte no es ajena a la reciente agitación de nacionalidades en esas regiones. De otro lado, la naturaleza de la agitación campesina en Chile es bastante diferente a la otros movimientos campesinos que surgen vigorosamente en América Latina. Como ha sido observado, en Chile no hay escuadrones de la muerte de latifundistas, por ejemplo. Quizás porque la Reforma Agraria terminó con los latifundistas mismos.

Las Modernas Canteras de los Huevos de Oro

Durante las últimas tres décadas, Chile ha extraído liberalmente de las tres grandes canteras de población activa productora de valor. Las dueñas de casa, esa segunda reserva de modernas fuerzas de trabajo, han contribuido asimismo su parte.

Las mujeres como porcentaje de la fuerza de trabajo han aumentado más bien considerablemente en Chile, en las últimas décadas. De un 22% allá por 1970, la proporción de fuerza de trabajo femenina había crecido hasta un 29% en 1922. Relativo a otros 140 países, Chile ha subido 9 lugares, de 99 a 90, medido por este indicador (EAA 3D Atlas). Relativo a otros países Latino Americanos, Chile ha subido más rápido en este indicador que Brasil y Perú, ha sobrepasado a México y aún a Argentina y está alcanzando a Uruguay (Ver gráfico "Labor Force, % of females"). Hacia 1995, el componente femenino de la fuerza de trabajo Chilena había subido a 32.1% y estaba creciendo a una razón de 4.1% anual, mientras la fuerza de trabajo como un todo estaba creciendo a una tasa de 3.0% anual (INE), como tendencia de la década precedente.

La estructura social bastante atrasada de Chile tiene todavía amplios recursos remanentes en las dos fuentes arriba mencionadas para asegurar una continua extracción durante años por venir. Tiene un largo trecho que recorrer antes que la fuerza de trabajo agrícola alcance los niveles de 2%, o que las mujeres en la fuerza de trabajo lleguen a los niveles de 40% que han tenido por muchos años en países como el Reino Unido. Pero, alas, la economía Chilena ha sido segunda de ninguna en destapar esa fuente más bien contemporánea de trabajo productor de valor: la producción mercantil de servicios.

Quizás fuera por la influencia de los Chicago Boys o tal vez fue el temporalmente bajo nivel de resistencia a que había sido empujada la fuerza de trabajo asalariada Chilena, por Pinochet. Cualesquiera las razones de ello, el hecho es que el socialmente relativamente atrasado Chile fue pionero en una serie de 'reestructuraciones' del tipo Reagan-Thatcher.

Probablemente, una vez más, las ideas y las palabras tienden a ser bastante más universales que las condiciones sociales a las cuales a veces se refieren. Así, las mismas palabras o conceptos so utilizados muchas veces para representar cosas bien diferentes en distintos lugares. Sin que sus usuarios siquiera se den cuenta que están hablando acerca de materias diferentes, por cierto, puesto que resulta bien difícil comprender realmente lo que uno no ha vivido para ver. En Chile, después de todos los cambios experimentados en estos años, aparece más o menos claro que a veces las cosas resultaron bastante diferentes que lo que eran pensadas, habladas y supuestas de ser. El Capitalismo, por una, pareciera ser un animal bien diferente ahora, que como era pensado y hablado–no poco, dicho sea de paso, en algunos círculos, si había suficiente café o cerveza disponible–por allá en el chile de los sesenta. O la clase obrera, o la clase capitalista, etc. No alcanzaría siquiera a ironía agregar el Socialismo a esta enumeración.

Con la debida cautela entonces, a las diversas realidades sociales, se pueden decir algunas palabras acerca del tipo de "reestructuración" llevada a cabo por De castro, Piñera, Buchi y su más bien insensible ralea. Bastante reestructuración se ha pasado de largo hacia los noventa y los tecnócratas Social y Cristiano demócratas parecen bien entusiastas a este respecto, aun cuando pagan al menos tributo verbal y también real, a una cierta responsabilidad social.

Los sectores claves escogidos para las así llamadas "modernizaciones" de Piñera et al. Fueron las empresas del estado y los sistemas públicos de pensiones, salud y educación. El ungüento mágico para todo fue, por supuesto, la privatización. Allí donde la privatización lisa y llana no parecía posible, el outsourcing podía ser una alternativa. Junto a las "modernizaciones" auspiciadas por el gobierno, las compañías privadas hicieron una cantidad de outsourcing por su propia cuenta.

No está dentro del alcance de este trabajo entrar en el análisis detallado de cada una de estas medidas. Algo se mencionará más abajo, en relación al impacto que tuvieron las privatizaciones en la nutrición de la naciente burguesía chilena. Algo similar será dicho respecto al impacto de estas medidas en la joven clase obrera Chilena. En este punto, sin embargo, debe enfatizarse que, en su conjunto, las "modernizaciones" resultaron en una masiva transferencia de trabajadores no productores de mercancías hacia la corriente principal de la actividad económica agregadora de valor.

El mundialmente renombrado sistema privado de administración de pensiones basadas en la capitalización de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) Chilenas es un buen ejemplo de lo anterior. Como es bien sabido, el sistema de AFP reemplazó a un sistema de pensiones "de reparto" administrado por el estado por uno en que las pensiones son financiadas haciendo a los empleados "dueños". El nuevo sistema está basado en cuentas individuales de retiro administradas privadamente, en las cuales todos los empleados están obligados a depositar mensualmente un 10% de sus remuneraciones. Adicionalmente, se les descuenta otro 2-3% de sus remuneraciones para las comisiones de administración de las AFP y seguro de invalidez y sobrevivencia. Empezando en 1981, el sistema de AFP ha enrolado, a la fecha, los 5.8 millones de la fuerza de trabajo y acumulado unos 30 mil millones de dólares en los fondos de pensiones, algo menos de la mitad del PIB anual Chileno. Aproximadamente un 40% del fondo está invertido en bonos estatales y el resto se divide más o menos por igual entre bonos hipotecarios, otros bonos de empresas y acciones. Alrededor de un 2% está invertido por ahora en el exterior. El sistema ha sido importante para el desarrollo del mercado de capitales chileno, como ha sido reconocido en la práctica por las cinco grandes firmas que se han asegurado el control de la industria, la mayor parte de éstas alianzas entre grupos financieros Chilenos y extranjeros.

Las principales críticas al sistema nacen, primero, del hecho que menos de un 30% de todos los afiliados alguna vez alcanzarán una pensión mayor que la pensión mínima de US$100 garantizada por el Estado. La cifra se estima considerando que un 55% de los afiliados actualmente no están cotizando regularmente, principalmente porque son trabajadores por cuenta propia y del 45% que efectivamente cotiza mensualmente, a lo menos la mitad gana sueldos tan bajos que nunca acumularán lo suficiente en sus cuentas aún para asegurarse la pensión mínima. Otra crítica proviene de los enormes costos de administración del sistema. Las comisiones de administración de las AFP son superiores a 1/5 de cada depósito mensual, diez veces el costo el sistema estatal de capitalización individual de Singapur. Finalmente, mucho escándalo ha salido a la superficie en relación a la forma en que los dueños de las AFP manipulan las elecciones de directorios de las compañías donde invierten los fondos de los pensionados.

Desde el punto de vista de este trabajo, el sistema de AFP ha transformado el trabajo no orientado a la producción de mercancías de los 2000 o algo así, trabajadores que administraban el antiguo sistema, en una completa industria comercial, que vende unos 600 millones de dólares al año, el monto de las comisiones de administración de las AFP, ocupa unas 20.000 personas–aproximadamente lo mismo que el gigante del cobre CODELCO–y gana unos 100 millones de dólares al año. ¡Menuda contribución al PIB!.

Efectos similares se han obtenido de los sistemas de seguros de salud privadamente administrados Institutos de Salud Previsional, ISAPRE. Este sistema opera basado en un descuento obligatorio del 7% de las remuneraciones que va a las ISAPRE para propósitos de seguro de salud. En este caso permanece una agencia de seguro de salud estatal, donde los empleados pueden escoger depositar su 7%, como un 50% de la fuerza de trabajo, la de menores ingresos en efecto lo hace. Aún así, ya 2/3 del gasto total en salud va al sistema privado. Nuevamente, el antiguo sistema no orientado al mercado–mucho del cual todavía sobrevive, un paciente crónico él mismo en condición crítica–ha dado paso a la creación de una completa industria de servicios de miles de millones de dólares. Una historia similar puede ser contada del sector educacional privado. En la actualidad, el nuevo sistema universitario privado con menos de diez años de vida ya enrola la mitad de todos los estudiantes universitarios. Tal como es el caso con los remanentes del sistema de salud público, el sistema de universidades estatales avanza a tropezones, bastante prisionero de su propia estructura y vocación no mercantil y de las demandas que se le hacen de competir con la industria privada que florece a su lado.

La reestructuración corporativa afectó principalmente a las empresas estatales, ciertamente las que fueron privatizadas pero también las que han permanecido bajo propiedad estatal. CODELCO, por ejemplo, ha reducido su fuerza de trabajo a la mitad desde 1990, mientras ha aumentando significativamente su producción en el mismo período. Principalmente, la reestructuración corporativa ha tomado la forma de outsourcing de diferentes servicios que eran previamente producidos en casa, a contratistas privados. CODELCO, nuevamente, emplea casi tantos trabajadores de contratistas como los suyos propios, en la actualidad.

Los resultados de la reestructuración Chilena han sido bastante considerables. Tal como se muestra en las Cuentas Nacionales, el PIB del sector servicios ha venido creciendo sistemáticamente más rápido que el rápidamente creciente sector productor de bienes y algo más rápido que el PIB en su conjunto. Los servicios públicos, por su parte, no han crecido en absoluto. Empezando en 100 en 1985, el índice del PIB del sector productor de bienes se ha duplicado en diez años, alcanzando 210 en 1995. El PIB en su conjunto marcó 240 y el sector servicios superó los 245, en el mismo período y empezando asimismo en 100 en 1985. El índice de servicios públicos, en cambio, prácticamente se mantuvo estable en 110 (ver gráfico "PGB Bienes, Servicios, Administración Pública" ).

Una vez más, no es sin razón que los trabajadores resisten las "reestructuraciones" o "modernizaciones" en todas partes. El significado de estas palabras para todos ellos en chile ha sido "incertidumbre" y para muchos de ellos, retiro anticipado cuando han tenido suerte o desempleo liso y llano, en muchos casos.

La economía política de todos los anteriormente enfatizados desplazamientos es, por supuesto, bien conocida. Los campesinos en sus entornos tradicionales, las dueñas de casa en sus hogares y los trabajadores asalariados de servicios insertos al interior de estructuras estatales o de compañías, todos ellos intercambian su –muy considerable y útil–trabajo, o la mayor parte de éste, de una manera directa, no mercantil. Esto es, ellos no venden su producto, sean bienes o servicios, sino lo entregan sin precio para el bienestar de los suyos y sus familias o a los requerimientos de su compañía o comunidad. Tan pronto como dejan el campo, el hogar, oficina pública o departamento de servicios de la compañía, engrosan las filas de los productores mercantiles asalariados o cuenta propia, o simplemente las filas de los desocupados.

Producción Mercantil Asalariada o Informal?

No es la intención de este trabajo en lo más mínimo, implicar que la proporción de la población involucrada en la producción mercantil es la sola fuente de las grandes disparidades observadas entre los desempeños económicos de los países. Muy por el contrario, el propósito del trabajo es enfatizar la importancia de las relaciones sociales en la desempeño económico, en general.

En el caso de Chile–y la mayor parte del mundo quizás, excepto por los países de la OCDE–el cambio más importante de las últimas décadas en relación a sus relaciones sociales parece haber sido la masiva deserción–ciertamente bastante forzada por circunstancias históricas–de sus habitantes desde actividades de un tipo u otro, algunas tradicionales, otras en si mismas transicionales, donde el intercambio de trabajos directo, no orientado al mercado, llenaba la mayor parte de su día. Y su igualmente masiva entrada a actividades productoras de mercancías de diverso tipo y naturaleza.

¿Exactamente adonde? Pareciera haber abundante evidencia que en Chile, al menos, las masas de nuevos productores mercantiles que se derraman desde sus nichos y al mercado no parecen dispuestos a seguir la flauta mágica de nadie hacia la tierra de nunca jamás de la pequeña producción mercantil de ninguna naturaleza. Más bien, ellos parecen impelidos de seguir la huella ya trajinada por sus similares en Europa el siglo pasado y el resto del mundo desarrollado o NIC durante éste. Esto es, hacia formaciones sociales modernas donde los trabajadores asalariados dependientes del capital conforman la relación de producción incontestablemente dominante.

Esto no es decir que el trabajo por cuenta propia o tipos "informales" de trabajo asalariado son inexistentes en Chile en nuestros días. Más bien al contrario, el trabajo por cuenta propia permanece en los hechos bastante importante, de lejos el número dos, detrás de formas asalariadas de trabajo, en la fuerza de trabajo ocupada. Ha crecido tan rápido y a veces más rápido que el empleo asalariado. Hacia 1995, las estadísticas de fuerza de trabajo ocupada comprendían unos 1.4 millones de personas clasificadas como trabajadores por cuenta propia o familiares, 27% de la fuerza de trabajo ocupada en ese momento. Los trabajadores asalariados sumaban 3.6 millones de personas, 70% de la fuerza de trabajo ocupada, incluyendo 274 mil personas que ganan su salario en servicios personales, principalmente domésticos. El restante 35 de la fuerza de trabajo ocupada está clasificado como empleadores, aun cuando bastantes de ellos probablemente emplean menos de diez personas (Ver gráfico "Composición de clase Población Ocupada, 1995"). En la década que termina en 1995, los trabajadores por cuenta propia y familiares crecieron a una tasa anual promedio de 3.63%, casi exactamente paralela pero un poco por sobre la tasa anual de crecimiento de 3.61% de los trabajadores asalariados, excluyendo los servicios personales, en un período similar (Ver gráfico "Composición de clase Población Ocupada, 1985-1997").

No es extraño en absoluto que el empleo por cuenta propia haya permanecido estable como proporción de los trabajadores ocupados durante la década "jaguar" de crecimiento Chileno. En el hecho es más bien notable que el empleo asalariado haya sido capaz de absorber suficientes de los nuevos trabajadores fluyendo al mercado en este período, como para mantener la proporción arriba anotada. Es normal, asimismo, que durante las crisis cíclicas, parte de los trabajadores asalariados lanzados a la desocupación busquen refugio tanto en el trabajo por cuenta propia como en actividades económicas familiares. La tendencia de largo plazo, sin embargo, muestra una historia diferente. Como ha sido mencionado más arriba, tanto los habitantes rurales como las personas ocupadas en la agricultura han disminuido desde más de un 40% de la población y la fuerza de trabajo ocupada, respectivamente, por allá en los sesenta, a menos de un 15% en la hora presente. El trabajo por cuenta propia y familiar, por otra parte, es mucho más frecuente en las actividades rurales, donde comprende sobre el 37% de la fuerza de trabajo ocupada que en el ambiente urbano, donde son poco más de 20% de la fuerza de trabajo ocupada. (Riesco, Des. Cap.).

La discusión acerca de si el desarrollo capitalista incrementa o hace disminuir los trabajadores asalariados es eterna puesto que, por una parte, es bastante obvio que tanto incrementa como hace disminuir los trabajadores asalariados y de otra parte, considerables intereses, culturales y políticos principalmente, están profundamente enraizados en soporte de una y otra tesis. A pesar que el autor de este trabajo está bastante convencido, tanto teóricamente como por los hechos, al mismo tiempo que políticamente sesgado hacia el lado del "crecimiento proletario", el argumentar en esa dirección no es el propósito de este trabajo. Es más bien a resaltar la relativa infancia del capitalismo en su conjunto, tanto en Chile como en el mundo en su conjunto, adonde apunta la argumentación general del trabajo. En este sentido, no parece suficiente afirmar que los trabajadores asalariados ocupados se han duplicado en chile desde 1970, que en verdad lo han hecho, para demostrar que la clase trabajadora chilena es hoy día el doble más fuerte que antes. El punto del trabajo es, más bien, que la clase trabajadora Chilena pareciera recién estar empezando a conformarse como tal, en el mejor de los casos. Y, por supuesto, siempre hablando en términos puramente económicos "en sí".

Para tales propósitos, sin embargo, el análisis cualitativo parece más adecuado que las cifras estadísticas.

Una proporción bastante grande de los trabajadores asalariados Chilenos están empleados en firmas bien pequeñas. A lo menos 1/5 de los empleados en la industria manufacturera, por ejemplo, trabajan en fábricas con menos de 20 operarios. Parece difícil que Marx, por ejemplo, hubiese considerado dichas fábricas como ejemplo de producción capitalista hecha y derecha. Un razonamiento similar ha inducido al Instituto Nacional de Estadísticas recientemente a llevar un registro del número de personas, principalmente mujeres, empleadas en el servicio doméstico aparte de la estadística del resto de los empleados asalariados. En este sentido, a pesar de que Chile presenta en a actualidad una elevada proporción de asalariados en su fuerza de trabajo ocupada, el significado de dicha cifra es probablemente muy diferente a una cifra similar o aún inferior, en un país capitalista más maduro.

El caso más estudiado se refiere, desde luego, al de las personas ocupadas en los latifundios. Hasta los sesenta, los campesinos empleados en los latifundios, quiénes comprendían una proporción bastante grande del total de la fuerza de trabajo de entonces, engrosaban la porción oficialmente "asalariada" de la fuerza de trabajo. Este tipo de fuerza de trabajo "asalariada" no existe más en Chile en nuestros días.

Un análisis similar puede intentarse en relación a las relaciones laborales que por décadas se desarrollaron en los centros que conformaron, de lejos, la principal concentración de trabajadores de la economía Chilena, en verdadero corazón de la clase obrera Chilena del siglo XX: el carbón, salitre, cobre y otras grandes minas. Ellos estaban involucrados, evidentemente, en producción mercantil altamente competitiva. En esas industrias, desde luego, los propietarios eran tan capitalistas como se puede ser, en la mayor parte de los casos compañías de acciones de Gran Bretaña o los EE.UU..

Una historia bastante diferente, sin embargo, puede ser contada acerca de las relaciones laborales que efectivamente existían al interior del complejo minero. Capitalistas por fuera, esos "enclaves" se veían bastante parecidos al latifundio, por dentro. El sistema de reclutamiento de "enganche", por ejemplo, a través del cual los campesinos eran sacados de las "haciendas" para ser empaquetados a bordo de barcos y trenes hasta los centros mineros a mil kilómetros de distancia en medio del desierto, ciertamente tenía muy poco que ver con el funcionamiento regular de un mercado de trabajo. No fue sino hasta la crisis de 1930 que una "oferta" de trabajo más tradicional quedó disponible al naciente capitalismo, en los miles que inundaron los caminos y calles de Chile, de regreso de las minas de salitre clausuradas.

Los regímenes de trabajo de "campamento" u "oficina" perduraron de esa manera por mucho tiempo. En 1997, el Gobierno finalmente decidió poner término a la larga agonía de las minas de carbón de Lota, en el sur de Chile, la más antigua concentración obrera del país. Un interesante reportaje de prensa fue publicado entonces por El Mercurio, el principal diario del país. El reportaje llamaba la atención que, después de tres o cuatro generaciones trabajando en la mina a lo largo de su existencia más que centenaria, los rasgos campesinos de la cultura de los mineros se mantenía bien vívida. Dolorosamente así, en el momento cuando ellos eran finalmente forzados a terminar con su forma de vida y confrontar el ambiente altamente desprotegido de la vida laboral del Chile del presente. Extrañamente, el reportaje de alguna manera parecía estar describiendo la muerte del último latifundio de Chile, en lugar de su empresa capitalista pionera. La vida de campamento, donde todo–todos los servicios desde la salud hasta las reparaciones menores de los artefactos domésticos, incluyendo el comercio de pulpería, desde luego, la mayor parte de éstos operando sin dinero y otros aún con "fichas"–era poseído y realizado por la compañía, era una característica sobresaliente de las relaciones laborales en esta compañías. El empleo de por vida, que consideraba los descendientes de los trabajadores, era otra. En CODELCO, por ejemplo, compañía que mantuvo las prácticas centenarias de sus antecesoras estadounidenses, no fue sino hasta que los gobiernos democráticos decidieron la "reestructuración" de la compañía, en los noventa, que dicha cultura no fue afectada profundamente. Y CODELCO es todavía, de lejos, la principal empresa Chilena, la única de gran tamaño a escala mundial. Las pocas grandes empresas privadas que se desarrollaron en sectores otros que la minería, electricidad, teléfonos y papel, siguieron patrones bien similares.

Concentraciones obreras grandes en el Chile del siglo XX se podían encontrar, en segundo lugar, en las empresas estatales y servicios públicos. Las primeras–ferrocarriles, puertos, agua potable y algunos otros desde principios de siglo, hidroelectricidad y acero desde los cuarenta, principalmente–pudiera decirse que estaban involucradas en producción mercantil. Hasta un cierto punto, sin embargo, si se consideran los déficit crónicos de estas empresas. Los últimos–salud, educación, construcción de caminos, administración del estado, militares, etc.–no estaban involucrados en producción mercantil para nada. Las relaciones laborales al interior de estos servicios y de alguna manera también en las empresas del estado, seguían los patrones clásicos de la disciplina del servicio público de la burocracia estatal y consideraban asimismo el empleo de por vida y descendientes.

Aparte de lo mencionado más arriba, concentraciones obreras relativamente grandes se desarrollaron en los cincuenta y sesenta en la industria manufacturera de sustitución de importaciones, principalmente textiles. En estos monopolios altamente protegidos, las relaciones laborales, nuevamente, seguían el modelo tipo latifundio bien de cerca, incluyendo la típica villa urbana de propiedad de la empresa donde vivían los trabajadores.

Desde luego, grandes concentraciones de trabajadores productores de mercancías, de propiedad de capitalistas, pero con relaciones internas pre-capitalistas no han sido en frecuentes en lo más mínimo. Más bien, parecen haber sido la forma natural en que el capital organizó la producción allí donde el trabajo asalariado propiamente tal estaba todavía a siglos de distancia, en su factura social. El caso extremo siendo, desde luego, la esclavitud en América, concentraciones de 600.000 trabajadores (Blackburn), probablemente las mayores del mundo durante los siglos XVII, XVIII y bien adentrado el siglo XIX. Toda la dulzura del azúcar de ese modo producida, desde luego, iba al naciente capitalismo Europeo.

El único lugar en Chile donde se desarrollaron grandes empresas capitalistas durante este siglo siguiendo el modelo Estadounidense o Australiano más conocido fue en la Patagonia Tierra del Fuego, en el extremo sur. Esta región, cuyos habitantes primitivos, Onas, Yaganes y otros, fueron "colonizados" alrededor del cambio de siglo en la misma asesina forma norteamericana, desarrollaron enormes ranchos ovejeros con grandes industrias de exportación de lana y carne, entre las mayores del mundo. Característicamente, entonces, sólo allí donde el latifundio nunca existió, el desarrollo capitalista temprano siguió, en Chile, patrones más familiares.

Todas las formas anteriormente mencionadas de empleo asalariado han desaparecido, en Chile, durante las últimas tres décadas. Los trabajadores asalariados hoy en día, en cambio, trabajan mayoritariamente en empresas privadas, las más de ellas pequeñas y medianas, pero en algunos grandes conglomerados asimismo. Es verdad, los profesores y trabajadores de la salud, las mayores sindicatos del país, todavía trabajan, en su mayoría, en el sector público. Pero, como ha sido mencionado, ambos están atravesando tiempos difíciles, debidos principalmente a la competencia de nacientes empresas capitalistas que crecen a su lado.

El análisis precedente no debe, en modo alguno, sugerir que las concentraciones de trabajadores asalariados Chilenas del siglo XX no deberían ser enfatizadas con toda la relevancia que les han asignado las ciencias sociales a lo largo del siglo. Muy por el contrario, la evidencia acerca de su importancia en la emergencia del actor popular Chileno del siglo XX, desde sus mismas raíces, es abrumadora. Por lo tanto y esta es la principal tesis del presente trabajo, ellos deben ser considerados como los principales articuladores del vasto movimiento popular que precipitó las transformaciones sociales que, a su turno, son relevantes para explicar el conjunto de los cambios que el país ha experimentado en las décadas recientes, especialmente su desempeño económico. De otro lado, rasgos más transicionales del proletariado Chileno del siglo XX bien pueden ahora parecer más en acuerdo con el carácter de los cambios históricos que efectivamente tuvieron lugar en Chile, promovidos principalmente por su actividad.

Parece bastante claro, sin embargo, que más trabajadores asalariados que nunca, en Chile por estos días, están llegando a conocer las crudas realidades del mercado y lo que subordinación al capital verdaderamente significa. No sería totalmente equivocado, quizás, considerar que el moderno trabajo asalariado pareciera estar alcanzando su adolescencia en Chile, recién ahora. Como el capitalismo Chileno mismo, probablemente y con más seguridad, los capitalistas Chilenos mismos.

La Burguesía Chilena, forzada a llegar a serlo por la Revolución

La revista inglesa 'The Economist", analizando la evolución de la economía Chilena durante las décadas recientes, resaltó un hecho significativo. Las transformaciones más relevantes realizadas por la dictadura de Pinochet fueron posibles de acuerdo con The Economist, porque no encontraron la misma resistencia conservadora que retrasó las mismas medidas por décadas en otros países. Los grupos de presión conservadores de the Economist incluían a los sindicatos, desde luego pero, más significativamente, la revista mencionaba otros dos sectores sociales en primer lugar: los terratenientes tradicionales y los industriales monopolistas "sustituidores de importaciones". Ambos grupos, desde luego, habían sido golpeados duramente por las expropiaciones de Allende.

Las "clases altas" Chilenas han sufrido un cambio bien grande durante las últimas tres décadas. Desde un sector profundamente conservador, "momios como se los solía llamar, surgió una burguesía agresiva, brutal en su política y bastante emprendedora en su economía. Sólo en los aspectos religiosos y culturales mantienen todavía una postura conservadora. El suplemento cultural del diario El Mercurio–que recientemente publicaba una interesante aseveración del manifiesto comunista que postula la inevitabilidad de que la economía liberal destruya los valores tradicionales–y recientes propuestas multipartidarias en favor del divorcio son pruebas bastante buenas que el conservadurismo cultural de la burguesía Chilena no va a durar para siempre, tampoco.

Chile pareciera haber estado atravesando su propia "era del capital" durante las recientes décadas.

Nutrida por enormes transferencias de propiedad pública al patrimonio privado durante los años de Pinochet–principalmente a través del componente privatizador de las "modernizaciones" de Piñera y la recuperación financiera de la crisis de la deuda externa–y no pocas asimismo durante los gobiernos democráticos que han seguido, los principales barones de la burguesía Chilena han llegado a ser un lote bastante adinerado. Tanto así, en los hechos, que han inaugurado recientemente la temporada de su propia 'era del imperio" invirtiendo a través de América Latina.

Sus alianzas tradicionales han venido cambiando rápidamente, a medida que crece su propia asertividad. Saliendo del campo estadounidense y hacia el capital Latino Americano y, no extrañamente, Español. Es posible que los capitales españoles y Latinoamericanos puedan estar enredándose por estos días muy a la manera en que capitales Británicos y Estadounidenses lo hicieron hacia el pasado cambio de siglo. Con toda América latina como su coto de caza. En sólo tres años, como es bien sabido, capitales Españoles en alianza con capitales Chilenos pero de diversos otros países de América Latina asimismo, han logrado el control de los sistemas de electricidad, teléfonos y bancarios del continente.

Es bien indicativo que los principales grupos Chilenos involucrados en las empresas eléctricas Latinoamericanas surgieron de las privatizaciones de Pinochet de las compañías eléctricas estatales Chilenas y están financiados, principalmente, por el sistema de AFP.

Las Muchas Etapas Subiendo la Cuesta de la Modernidad

Ha sido sugerido en este trabajo que–bastante más profundo que las políticas económicas o regímenes políticos de uno u otro tipo–el tempo principal de las transiciones a las sociedades modernas debe ser escuchado en el movimiento de sus relaciones sociales. Las relaciones sociales conforman un complejo bastante enredado en cualquier país o en cualquier momento del tiempo en la vida de una determinada. No parece fácil establecer alguna evidencia medible para soportar o rechazar la hipótesis arriba mencionada. Un intento ha sido efectuado en este trabajo, sin embargo, de probar la correlación entre el desarrollo económico y social. El mismo será presentado en lo que sigue, con toda la debida cautela, más bien como una ilustración que como evidencia empírica.

El grado de desarrollo social en su conjunto fue estimado a través del movimiento de una variable, cual es el porcentaje de trabajadores agrícolas en la fuerza de trabajo ocupada. De otro lado, el desempeño económico global fue estimado mediante el OGB per cápita, como proxy de la productividad. Debe ser enfatizado que ambas variables han sido seleccionadas no por su propia significación, que la tienen, sino principalmente como estimadores del movimiento de las relaciones sociales en su conjunto, por una parte, y el desempeño económico global, de otra.

Ambas variables fueron graficadas una contra la otra, con datos de las estadísticas Chilenas de los últimos treinta y siete años, de 1960 a 1997. El resultado es una curva bastante suave, que empieza abajo a la izquierda en 1960, cuando la agricultura ocupaba sobre el 30% de los trabajadores y el Producto Geográfico Bruto (PGB) per-cápita era menos de US$ 4.000 dólares. Solamente se consideraron los trabajadores ocupados, en ambas razones. La curva sube hacia la izquierda, a medida que el porcentaje de trabajadores ocupados baja hasta 14.4% en 1997 y el PGB per-cápita crece a un poco más de US$7.000 dólares. En ambos cálculos se usaron dólares de 1986 (Ver gráfico "PIB per Cápita vs Ocupados en Agricultura" ).

Otro gráfico se construyó con las mismas variables, sólo que esta vez para un corte transversal de países, con datos para 1991. En este caso se utilizó el Producto Geográfico Bruto, ajustado por poder de compra. El resultado es, nuevamente, una curva que parte abajo a la derecha, con países cuyos trabajadores agrícolas comprenden el sesenta por ciento de la fuerza de trabajo y cuyo PGB per-cápita está por debajo de los US$ 2.000 dólares. La curva sube hacia la izquierda, a medida que la proporción de trabajadores agrícolas baja hasta un 5% y menos en los países más avanzados (Ver gráfico "Gross Domestic Product - per Capita (purchasing parity)" ).

En ambos gráficos, a excepción de algunos puntos, el resto calza en un buen ajuste sobre curvas más bien suaves. Los puntos no coincidentes son, las más de las veces, debidos a errores de datos (El Salvador, por ejemplo, un ejemplo de país campesino bastante notorio, aparece con menos de 1% de población rural) o a discontinuidades en las series de datos.

Los Actores Siempre Resurgentes Y Frustrados De Una Historia No Dominada

Como ha sido argumentado a lo largo de este trabajo, el desempeño económico de Chile durante las últimas décadas pareciera surgir de regiones más profundas que unas pocas políticas económicas monetarias, fiscales o financieras favorecidas por el FMI. Los dinámicos movimientos de todos los actores sociales del país en un escenario rápidamente cambiante parecieran estar en el trasfondo de todos los rápidamente crecientes indicadores macroeconómicos.

La economía política de todo el proceso, sin embargo, no ha actuado por si sola, asimismo. Todas las turbulencias políticas del período, la propia "Era de las revoluciones" de Chile han sido autor y director de la obra. Los actores políticos principales a lo largo de lo más del período no han sido la burguesía. Suficientemente extraño, pero bien en acuerdo con otras transiciones a los tiempos modernos. Ha sido sólo recientemente que la burguesía Chilena ha tomado los asuntos de la política directamente en sus propias manos. Ello ocurrió después que se aseguró la conducción del movimiento anti-dictatorial y asumió el gobierno post-Pinochet. Desde entonces, ha ocupado todo el escenario casi exclusivamente para sí misma.

Antes que la burguesía tomara control directamente, los militares Chilenos jugaron el rol del orden post-revolucionario y, a pesar de sus preferencias personales bien conservadoras, no tuvieron alternativa sino consolidar las principales transformaciones sociales. Lo hicieron de una manera brutal. Después de la derrota, hace 25 años, de la posibilidad de un orden post-revolucionario de inspiración de izquierda, fea como esa especie asimismo ha demostrado ser, Pinochet fue probablemente el peor camino para atravesarlo, considerando los sufrimientos que impuso sobre la masa del pueblo Chileno.

Muchas materias evidentemente están fuera del alcance de este trabajo y muchas otras simplemente han sido dejadas de lado. El generoso impuesto imperial pagado por los Chilenos a la comunidad bancaria internacional, por uno.

Pero unas pocas palabras finales deben ser dichas en relación a la gente sencilla. Aquellos que precipitaron todo el proceso en una forma valerosamente revolucionaria, por allá en los sesenta y principios de los setenta. Los mismos que constituyeron la principal resistencia democrática durante los años de Pinochet y, cuando el tiempo llegó, se alzaron a lo largo del país y votaron a Pinochet fuera del gobierno. Como Luis Emilio Recabarren dijo hace un siglo, ellos han contribuido todo al proceso…para que lo gocen sus adversarios.

Como es bien sabido, Chile permanece "top ten' en distribución regresiva del ingreso, sexto para ser precisos, de acuerdo al Banco Mundial, entre todas las naciones. El ingreso total se divide casi por mitades, la primera de las cuales va al 10% superior de la población. El otro 90% de la población debe conformarse con la otra mitad del ingreso. Los salarios están todavía por debajo del nivel logrado en 1972, bajo el Presidente Allende, a pesar que la productividad ha crecido un 60% en el mismo período (Ver gráfico "Remuneraciones Y Ocupación" ). La suerte de los campesinos, mujeres y trabajadores afectados por las transformaciones sociales ha sido mencionada más arriba.

Todo lo anterior es cierto y bien dramático en muchos casos. La mayoría de los Chilenos lo sienten y lo han estado manifestando recientemente, tanto en encuestas efectuadas por las NU, donde los Chilenos aparecen como los más críticos hacia su condición presente entre los Latinoamericanos, a pesar del desempeño económico del país. La magnitud de su abstención y anulación de votos, de protesta, en las recientes elecciones nacionales, apunta en la misma dirección.

Pero la gente sencilla también ha sacado algo de todo este proceso en el cual ellos mismos han sido tan importantes actores. Como es bien sabido, Chile es un país notoriamente estrecho, tanto así que en muchos lugares se puede ver de un lado a otro en un día claro. A pesar de ello, apenas unas décadas atrás, muchos de los Chilenos que iniciaron todo este proceso nunca habían tenido la ocasión de conocer el mar. Todos los chilenos hoy en día conocen el mar. Por lo menos.

Manuel Riesco

Junio 1998

 

Bibliografía

 

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CENDA, Base de Datos Cuadernos, (1998), Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo, Santiago. En lo que sigue cualquier cifra sin una referencia específica significa que ha sido obtenida de la base de datos Cuadernos Cenda. Dicha base de datos, disponible en http://cenda.cep.cl, contiene recortes de prensa con noticias económicas desde 1992 en adelante.

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Riesco-25 Años, Riesco, Manuel (1995), "Chile 25 Años Después", Revista Encuentro XXI, Nº3, pgs. 107-121, Santiago.

Riesco-Des.Cap., Riesco, Manuel (1989), "Desarrollo del Capitalismo en Chile Bajo Pinochet", Ediciones ICAL, Santiago.